
Durante el año se producen en Japón cerca de 30.000 suicidios, obteniendo de nuevo la mayor tasa de suicidios del mundo. El ritual del hara-kiri o seppuku se sigue usando, pero los métodos más frecuentes son saltar desde edificios o arrojarse a trenes en marcha. Los sociólogos atribuyen esta alta incidencia al paro creciente, a una cultura que glorifica el suicidio, y a niveles demasiado altos de competitividad en la sociedad.
Entre los adolescentes se está extendiendo también una especie de epidemia que tiene hasta nombre, hikikomori, pero que resulta difícil de describir. Hikikomori en japonés significa inhibición, reclusión, aislamiento y este es el nombre que se ha puesto al trastorno que padecen cerca de 1.200.000 jóvenes en Japón. En esencia, un buen día alguien decide aislarse y no hablar con absolutamente nadie. Un ejemplo típico es un chico que ahora tiene 17 años y que hace tres tuvo problemas en el colegio. Un día se encerró en la cocina de su casa y desde entonces no ha salido ni ha hablado con nadie. Su familia ha construido una nueva cocina en la casa, y su madre le deja comida en la puerta tres veces al día. El cuarto de baño está al lado de la cocina, pero parece que sólo se ha bañado una vez cada seis meses.
El comportamiento anómalo suele empezar tras algún evento traumático, como novatadas, suspensos, o desengaños amorosos. Las víctimas suelen ser varones primogénitos y vuelven a la normalidad transcurrido un tiempo, a veces años, pero esto no ayuda mucho a entender por qué lo hicieron; la explicación más clara que dio uno de ellos fue “Lo que más me molesta es no entender porqué he perdido cuatro años de mi vida.”
¿Es este el precio a pagar para acceder a una sociedad tecnológica y sobre todo altamente competitiva? Conmigo no cuenten; me vuelvo al pueblo.
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